lunes, 24 de octubre de 2011

Liberen a mi albedrío (parte 3)

En ésta, la tercera entrega de nuestra serie en dos partes, trataremos de explicar en más detalle la propuesta que hace Daniel Dennett para explicar el origen y la naturaleza del libre albedrío, así como responder a algunas de las dudas y objeciones que varios de los lectores hicieron a las conclusiones presentadas en la entrega anterior.
Para empezar vamos a intentar explicar, brevemente y sin rodeos, lo que entendemos sobre las ideas planteadas por Dennett. En resumen, lo que propone es entender al libre albedrío como la capacidad que tiene un sistema para interactuar de manera compleja con su ambiente: extrayendo información de su entorno, procesándola o analizándola, y respondiendo efectuando acciones apropiadas. Él afirma que esta noción puede servir como base para entender otros conceptos como la “responsabilidad” que una persona tiene sobre sus propias acciones, las consecuencias de sus acciones, e incluso el “castigo” al que se podría hacer acreedor si sus acciones son consideradas como dañinas. Más aún, argumenta que todo esto tiene sentido incluso si vivimos en un universo determinista y, por lo tanto, todos tenemos ya un destino predeterminado.

¿O sea que, según esto, el destino sí existe y el universo es determinista?

No. De hecho lo más probable es que el universo no sea determinista, o al menos eso sugieren resultados en mecánica cuántica como el principio de incertidumbre y el colapso de la función de onda. Sin embargo, aún en la actualidad, sigue siendo una activa área de investigación el determinar si estos procesos son o no deterministas. En resumen: no sabemos.

El único punto Dennett busca establecer es que “incluso en el peor de los casos”, aun si resulta que el universo es completamente determinista, existe una noción coherente de “libre albedrío” a la que seres, como nosotros los humanos, podemos aspirar a tener.

¡Pero eso es imposible! Si el mundo es determinista y nuestras acciones están predeterminadas, justamente eso es la definición de no tener libre albedrío.

Esa es, quizá, la definición tradicional de libre albedrío o la forma en que el libre albedrío se suele interpretar. Lo que Dennett propone, si quieren, es una definición alternativa de libre albedrío: “la capacidad que tiene un sistema para interactuar de manera compleja con su entorno”. (Ojo, esta definición es nuestra interpretación—quizá sobre-simplificada—de los argumentos de Dennett. Parece, de hecho, que él no presenta nunca una definición sucinta. Pero será suficiente para los fines de este artículo.)

Lo que Dennett afirma es que una noción como tal es compatible con un mundo determinista, su origen se puede explicar de manera natural por un proceso de evolución, no requiere de ningún ingrediente “espiritual” o “metafísico” y, además, es lo suficientemente robusta como para dar sentido a otras nociones como, por ejemplo, la “responsabilidad”.

Pero, según esa definición, ¿una piedra que cae de un cerro tiene “libre albedrío” porque interactúa con su ambiente y “elige” seguir el camino de mínima energía?

No. Y la clave está en que la definición pide una “interacción compleja” con el ambiente. De hecho, según esta definición, existirá un continuo con diversos “grados” de libre albedrío, cada vez con cualidades más sofisticadas entre más “complejas” sean el tipo de interacciones que pueda tener el sistema con su ambiente. Específicamente lo que se mide es la complejidad del “proceso” que realiza un sistema para, una vez extraída información del ambiente, deliberar o analizar esta información y elegir una acción a realizar.

En una piedra cayendo de un cerro este proceso de análisis es esencialmente nulo: en efecto, sólo sigue el camino de mínima energía. Subiendo los primeros grados en la escala de la complejidad—en búsqueda por su libre albedrío—nos podríamos encontrar a una bacteria que, recibiendo señales químicas de su entorno, puede elegir hacia donde moverse (quizá de manera completamente mecánica y determinista) para conseguir alimento o evitar algún peligro.

¿Entonces tener “libre albedrío” simplemente significa “estar vivo”?

No. No necesariamente. Las plantas son ejemplos de organismos claramente vivos y complejos que, sin embargo, tienen una “libertad” muy limitada. Claramente pueden interactuar y responder a cambios en su ambiente (ejemplo clásicos: los girasoles o las carnívoras), pero no llevan a cabo un complejo proceso de deliberación para elegir sus acciones.

Por su parte, los animales sí exhiben comportamientos e interacciones que corresponden a grados más elevados en la escala de la complejidad, específicamente conforme uno de sus órganos se torna también más complejo y más desarrollado: su cerebro.

El cerebro ha sido, para los animales, nuestra llave de acceso al libre albedrío. Conforme el cerebro va ganando complejidad en su desarrollo evolutivo, podemos apreciar diferentes capacidades que comienzan también a emerger: la capacidad de predecir los movimientos de nuestro entorno y actuar de manera preventiva, la capacidad de aprender de nuestras experiencias pasadas, o incluso aprender sólo viendo las acciones de nuestros semejantes. En el caso de los humanos, incluso la capacidad de reprimir nuestros instintos más primitivos (los precursores de nuestro libre albedrío y que nos ayudaron en el asunto de la supervivencia) en favor de decisiones tomadas después de deliberaciones hechas a un nivel más alto de nuestro propio sistema. Así como la capacidad de hacer planes a largo plazo y rechazar la gratificación inmediata en busca de un mayor beneficio en el futuro.

Pero entonces, ¿qué nos distingue de un robot que actúa sin pensarlo? ¿o a caso los muñequitos del Mario Kart también gozaban de “libre albedrío”?

Pues, en principio, no hay ninguna diferencia fundamental. Precisamente una de las consecuencias de lo que Dennett propone es que nosotros mismos somos una especie de “robots” o máquinas biológicas complejas. De hecho, difícilmente un robot podría exhibir una interacción compleja con su entorno sin pensarlo; un robot suficientemente complejo necesariamente requerirá de sensores para recibir información sobre el ambiente en que se encuentra y, según su programación, procesará esta información para determinar que acciones debe de realizar. Este “procesamiento” corresponde al “pensamiento” del robot. Y sí, del mismo modo, esta programación que brinda a los personajes de Mario Kart la capacidad de interactuar de manera compleja con su entorno es su forma, si quieren bastante limitada, de libre albedrío. Y todo esto, recordemos, es completamente independiente del hecho de que que el universo sea o no determinista. (De hecho, cierta cantidad de determinismo es necesaria, de otro modo sería imposible predecir a nuestro entorno y efectuar acciones preventivas.)

¡Pero eso no es libre albedrío! Para empezar, ni los robots ni los muñecos del videojeuego están conscientes de las acciones que están realizando; sólo las realizan de manera mecánica.

Eso es verdad, y no estamos diciendo que un robot suficientemente complejo tenga que estar necesariamente “consciente” de sus acciones o de sus propios “pensamientos” para experimentar este “libre albedrío”. Lo que sí se sugiere, sin embargo, es que la “consciencia” como la experimentamos los humanos puede ser también explicada como una de las partes más desarrolladas de nuestro propio proceso de “deliberar y tomar decisiones” en la que no sólo manipulamos y procesamos información recibida del exterior, sino que podemos también reflexionar y realizar una introspección sobre algunos de estos procesos ocurriendo dentro de nuestro mismo ser.

Esta consciencia, al igual que el libre albedrío, se puede explicar como una propiedad más que emerge en nuestro “centro de toma de decisiones”, el cerebro, a partir de un proceso de evolución natural. Todo esto, de nuevo, sin depender de que el universo sea o no determinista, y sin requerir de ningún ingrediente “mágico” o “metafísico” para explicar el origen de nuestra consciencia.

Y, ¿entonces? ¿Cárcel para mi tostadora por haber quemado el pan?

En efecto, el siguiente problema es cómo definir la responsabilidad que tiene un agente sobre sus actos y las consecuencias de estos. Tal como se mencionó, la propuesta de Dennett sugiere una serie de “grados de libre albedrío” que van de acuerdo a la complejidad involucrada en la toma de decisiones. Del mismo modo, podemos definir diferentes grados de responsabilidad que un agente tiene sobre sus actos de manera proporcional al grado de libre albedrío del que goza. Así, la responsabilidad que tiene la tostadora por haber quemado el pan, aunque existe, es mucho más pequeña que tu responsabilidad por no haberla detenido a tiempo o no haberla programado correctamente.

Al aplicar este modelo en la vida real, por supuesto, nos vamos a encontrar con muchas complicaciones y casos especiales. Sin embargo, lo interesante es que estas ideas comienzan a ser lo suficientemente robustas como para fundamentar en ellas muchas de nuestras intuiciones sobre las responsabilidades que tienen las personas después de haber ocurrido algún hecho en particular.

Por ejemplo, dado que se quemó la casa, ¿quién tiene más responsabilidad, el niño de 4 años que estaba jugando con la vela encendida, o la mamá que lo dejó solo? La diferencia crucial está en el hecho de que el bebé no pudo haber previsto las consecuencias de su decisión, mientras que la mamá sí. Bajo esta óptica, la complejidad asociada a la toma de decisión del bebé es menor que aquella asociada a la decisión de la mamá; por lo tanto, el bebé tiene también menor grado de responsabilidad.

Otra serie de complicaciones vienen sobre si se debe o no aplicar un castigo a alguien que, digamos, ha cometido un crimen. Pero del mismo modo estas nociones de “libertad” y de “responsabilidad” nos pueden ayudar a aterrizar nuestras intuiciones: la cárcel podría estar justificada para buscar que una persona cambie su forma de pensar (aprenda) y evite realizar cierto tipo de acciones en el futuro; o, de hecho, la simple posibilidad de ir a la cárcel—que una persona evaluaría y tomaría en cuenta antes de cometer un crimen—puede servir para elevar el “costo” o el “riesgo” de cometer una falta, y convencer a la persona de no hacerlo. Por otro lado, quizá un castigo no está justificado (o debería de ser “atenuado”) si existe alguna condición que limita la “libre elección” de la persona cometiendo el crimen, por ejemplo una enfermedad mental o estar actuando bajo las amenazas o influencia de un tercero.

No sé por qué, pero aún no me convencen del todo.

¡Genial! Por lo pronto lo que espero es que puedas considerar estas ideas, buscarles problemas u objeciones y, si así lo decides (¡ja, ja!) compartir tus reflexiones con nosotros en los comentarios.

Juan y Hekanibru

7 comments:

  1. Excelente, mi primera impresión al ver la tercera parte fue de sorpresa, totalmente inesperado, pero luego de leer todo me gusto mucho, se merecen unos aplausos, realmente la idea me sedujo, ademas es totalmente logica, sin objeciones, por el momento!

    Exceptuando esta: acaso con este articulo no estamos diciendo que el libre albedrío realmente no existe? Pues al parecer lo que se hizo fue buscar lo mas semejante que poseemos, y llamarlo como libre albedrío.

    De todas formas estoy de acuerdo con ustedes. Aunque, eso si, me ha costado desprenderme de la idea típica original.

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  2. Excelente :). Yo ya he leído las ideas de Daniel Dennett y su modelo de "borradores múltiples". Todo lo escrito tiene sentido. Creo que las dudas son ahora más pequeñas. Sin embargo, creo que ayudan a enteder un poco más la teoría (o pensar en posibles refutaciones). Por ejemplo, existen zonas en el cerebro donde se "encuentra" la conciencia? D. dice que no hay un "centro de conciencia", sin embargo me pregunto si hay algunas zonas más importantes que otras (como para ayudarnos a discriminar qué animales tienen más conciencia o libre albedrío).
    Otra curiosidad -filosófica- es la de qué pasaría si, por ejemplo, yo fuera reconstruida "átomo por átomo". Aunque la respuesta es que el otro "también sería yo", me pregunto "dónde estaría yo". (La típica pregunta de cuál es el clon y cuál el original). Un amigo me propuso una respuesta así: justo antes de ser clonada, es como si tiraras una moneda al aire. Con probabilidad 50% estás en el lado "original" y con probabilidad 50% estás en el lado del clon.
    Y una última: AI? Va a existir? :p. Qué piensan ustedes?
    Con respecto a lo que dice PHE.DE.C, me recordó lo que dijo algún escéptico alguna vez: la magia real, la que podemos hacer, no es "real", en el sentido de ser "verdadera magia", mientras que la "magia real", en la que creemos de niños, no es real, siempre ha probado ser una ilusión. Supongo que es igual con el libre albedrío.

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  3. @PHE.DE.C, yo también me quedé con ese sabor de boca: tuvimos que contentarnos con the best next thing. De cualquier manera, me parece admirable el trabajo de Dennett, ya que nos da una noción de libre albedrío robusta y consistente.

    @Rochy, yo también me he preguntado sobre la cuestión de la reconstrucción átomo por átomo. De hecho, escribí una pequeña historia al respecto :). Mi historia está un poco difusa a propósito, pero doy pequeñas pistas que sugieren que el verdadero libre albedrío (ese que Dennett redefinió) sí existe. Era joven e ingenuo :).

    Con respecto a tu último comentario, ni creas que Juan y yo tuvimos una discusión bastante larga en donde yo utilicé precisamente esas palabras (verdadero, ilusión) para distinguir entre las dos nociones de libre albedrío :).

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  4. Bueno, no me convence. Hay que definir qué es ambiente, interacción compleja, etc; en los pequeños detalles está la razón de todos los problemas (en general). Leyendo el post, me parecería entender que una persona con locked-in syndrome tiene poco libre albedrío, aunque esté consciente y piense tal como lo hace una persona normal.

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  5. @PHE.DE.C, para seguir confundiendo las cosas, te voy a platicar otro ejemplo. Desde hace miles de años, los humanos nos familiarizamos con cierta clase de objetos a los que llamamos "sólidos". Siempre tuvimos la idea de que estos son objetos firmes y estables, que no tienen espacios huecos en el material que los conforman y, si lo intentamos, no los podemos "atravesar" con nuestras manos como por ejemplo lo podemos hacer con un fluido. Llega luego la ciencia moderna, los microscopios electrónicos, y descubrimos que los objetos "sólidos" no son "verdaderamente sólidos". En realidad existen grandes espacios entre sus moléculas, pero son sus propiedades electromagnéticas y la configuración de sus átomos las que explican por qué, a gran escala, los percibimos como sólidos (firmes, y no los podemos atravesar con las manos).

    Imagina que tu descubres esto y entonces vas por el mundo diciendo: los objetos sólidos no existen! no son más que una mera ilusión! Sin embargo, a por lo menos uno de los autores de este artículo le parece que esta reacción es incorrecta. Los objetos sólidos claro que existen, como lo atestigua la mesa sobre la que se apoya ahora mi computadora, lo único que ocurre es que nuestro entendimiento sobre los "objetos sólidos" ha aumentado, ahora entendemos mejor el origen de sus propiedades y si, la idea o "definición" que teníamos anteriormente no era del todo correcta, y ha tenido que ser modificada de algún modo. Pero esto es lo que siempre ocurre cuando entendemos a algo mejor.

    (En su libro Dennett da un ejemplo similar y simpático en que una persona declara "El verdadero amor no existe!" cuando descubre que en realidad no hay un hombrecillo alado lanzando flechas y ocasionando que las parejas se enamoren.)

    @Rochy, sobre el "problema filosófico del clon", mi opinión (que también ha cambiado después de leer e ir comprendiendo mejor estás ideas) es que ambos serían "yo". O, mejor dicho, serían dos copias de un mismo "yo", en mucho la misma forma que, si clonaras un programa de cómputo que está corriendo en memoria, ambos son para todo fin práctico "el mismo programa" y no importa cual haya sido la copia o el original. A partir de ese momento, por supuesto, los dos seríamos independientes y tomaríamos también de manera independiente nuestras decisiones (posiblemente diferentes si los estímulos o entradas que recibimos a partir de entonces son también diferentes).

    (P.D. Y ni creas que Héctor le llamaba "real" al "verdadero" e "ilusión" al que es "real". :P)

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  6. @Anónimo, excelentes observaciones!

    Empienzo con lo que si tenía yo ya claro, las definiciones. La "interacción compleja" lo dejamos como un término vago (lo mismo hace Dennett), pero no hay duda de que se puede formalizar. Si tomamos a una computadora como nuestro modelo de juguete, una primera aproximación de este concepto puede ser la complejidad de Kolmogorov que mide que tan "complejo" tiene que ser un programa de cómputo para exhibir cierto comportamiento. (Para nuestro fin esta definición tiene algunos problemas, pero como se discute aquí, también se pueden tratar de resolver. Ojo, ¡ésta es una activa área de investigación! ¿No es eso fascinante!)

    Luego "mi ambiente" lo podemos definir como todo lo que no sea "yo". Y desde luego está el problema de donde "pintar la raya". Es mi cuerpo parte de "yo" o de "mi ambiente"? (Yo diría que sí, es parte de mi) Y luego, si me instalan un marca-pasos? Y mi teléfono celular? Y los millones de bacterias que viven en mi cuerpo? Así que, si, pintar la raya va a ser difícil. Pero esto ocurre con muchos otros conceptos cotidianos: donde está la raya entre "vivo" y "no-vivo"? (de qué lado está el virus?) donde está la raya entre "niño" y "adulto"? entre "alto" y "chaparro"? Pragmáticamente lo que se suele hacer es poner una marca arbitraria en algún lugar ("18 años") o aceptar que pintar la raya es complicado pero que "se encuentra por ahí en algún lugar entre estos dos claros extremos" (un mineral está claramente no-vivo, mientras que una bacteria está claramente viva).

    Ahora, vamos a analizar la objeción que propones, bastante interesante y en la que yo realmente no había pensado, de una persona locked-in. Para empezar supongamos que la línea que me separa a mí de mi ambiente "está por ahí en algún lugar" pero, para que sea interesante tu ejemplo, que mi cuerpo físico es también parte de "mí". Entonces la pregunta que haces es si una persona con síndrome locked-in tiene o no libre albedrío. Y es que, aunque la persona sigue estando consciente (y presumiblemente puede seguir realizando "procesos y deliveraciones complejas" en su mente) no puede actuar sus deciciones y llevarlas a cabo, fallando en materializar la última parte de nuestra definición de libre albedrío.

    Así que, en efecto, si tomamos la definición como tal, una persona locked-in no tiene libre albedrío. Y esto no me parece demasiado descabellado pues, en realidad, una persona en esta condición tiene severas limitaciones sobre su propia libertad.

    Sin embargo estoy de acuerdo contigo en que la conclusión parece estar un poco fuera de lugar, pues la limitante no está en su capacidad de decidir (que presumiblemente está intacta) sino en su capacidad de actuar o ejecutar sus propias decisiones. Quizá tomando esto en cuenta se tenga que revisar la definición que dimos, acentuando que la "cantidad" libre albedrío está relacionada más bien con la parte central de la definición (la capacidad de realizar deliberaciones complejas), y no tanto con las pre- y pos-condiciones (es decir la interacción con el ambiente). Pero sospecho que de nuevo nos encontramos con otra "raya" que "existe por ahí" pero que es difícil de pintar, ¿qué parte del mecanismo es la que está "realizando" la deliberación, y que parte es la que la está "actuando"?

    Sea como sea, lo que me parece increíble es que—precisamente gracias a este marco de pensamiento propuesto por Dennett—podamos discutir a este grado de detalle y con tal precisión sobre un concepto que parecía tan elusivo y "filosófico" como lo es el libre albedrío, ¿o no?

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  7. @Rochy, de nuevo, olvidé tu última pregunta! Mi opinión: sí. AI es técnicamente posible, y cada vez nos estamos acercando más, Watson siendo un ejemplo. Mi pronóstico es que también "pronto", en los próximos 50 años quizá incluso antes, se pasará la prueba de Turing. Ahora no creo que eso sea suficiente, y que aún entonces estaremos muy lejos de la "verdadera" IA (o al menos nivel humano, digamos), eso si me parece que está mucho más lejos, y quizá nunca llegaremos, pero simplemente porque es muy difícil y no por una imposibilidad fundamental.

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